Jesus ensina como morrer bem

São Miguel Arcanjo defendei-nos no combate. Sede nosso auxílio contra as maldades e ciladas do demônio. Instante e humildemente pedimos a Deus que sobre ele impere e vós Príncipe da Miliacia Celeste pelo Divino poder precipitai no Inferno a Satanás e a todos espíritos malignos que vagueiam pelo mundo para a perdição as almas. Amém. Ó Maria concebida sem pecado, rogai por nós que recorremos a Vós!

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07/03/2017

Acabo de ler com calma nesta noite ao deitar-me para dormir. Lindíssimo e absolutamente consolador.

Estava sentindo o grande sofrimento das dores invisíveis de me encontrar constantemente separada de todos a quem amo e de voltando-me a Deus dizendo que quero aceitar  esse sofrimento como Cristo na Cruz, pela força e graça Dele porque sozinha não posso...

Então resolvi ler este texto .

Aconselho que seja lido sem perda de tempo. Lendo até o fim é possível entender que é não só uma preparação mas uma das mais belas e perfeitas expressões que há do derradeiro instante e só podem sim ter saído da Boca de Deus.

Não estou exagerando, veja por si mesmo.

Quem ler ficará agradecido e quererá que os outros leiam também.

É um presente de Deus para nós que nos fará toda diferença...

Maria Isabel

 

file:///C:/Users/Isabel/AppData/Local/Temp/UNA_HORA_DE_PREPARACIN_PARA_LA_MUERT.pdf

 

Obra mística ditada na época da II Guerra mundial à mística italina Maria Valtorta, O Poema do Homem-Deus, foi aprovada e recomendada por Papa Pio XII...depois desautorizada e proibida não pelo Papa..., depois recebeu Aprovação Eclesiástica e se difundiu pelo mundo inteiro...

 

 UNA HORA DE PREPARACIÓN PARA LA

MUERTE

(Dictada a María Valtorta, de los Cuadernos de 1945-50)

14 de julio de 1946

Jesús nos enseña a morir.

Dice Jesús:

“Dicté una Hora Santa para quienes lo deseaban. Desvelé mi Hora de Agonía del

Getsemaní para otorgarte un gran premio; porque no hay acto de confianza mayor entre

amigos que el de desvelar al amigo el propio dolor. Ni la risa ni el beso son la prueba

suprema del amor, sino el llanto y el dolor comunicados al amigo. Tú, amiga mía, lo has

conocido. Porque estuviste en el Getsemaní. Ahora estás en la Cruz y pruebas penas de

muerte. Apóyate en tu Señor mientras que Él te da una Hora de preparación para la

muerte”.

I.

“Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz”.

No es una de las siete Palabras de la Cruz, pero es ya palabra de pasión. Es el primer

acto de la Pasión que se inicia. Es la preparación necesaria para las demás fases del

holocausto. Es invocación al Dador de la vida, resignación, humildad y oración en la

que se trenzan, ennobleciéndose la carne y perfeccionándose el alma, la voluntad del

espíritu y la flaqueza de la criatura a la que repugna la muerte.

“¡Padre...!”. ¡Oh!, es la hora en la que el mundo desaparece para los sentidos y para la

mente, mientras que se acerca a la velocidad de un meteoro el pensamiento sobre la otra

vida, sobre lo desconocido, sobre el juicio. El hombre, siempre un infante aunque sea

centenario, es como un niño asustado que se ha quedado solo y busca el seno de Dios.

Marido, mujer, hermanos, hijos, padres, amigos... Lo eran todo mientras que la vida

estaba lejos de la muerte, mientras que la muerte era tan sólo un pensamiento oculto entre tinieblas lejanas. Pero ahora que la muerte sale de entre los velos y avanza, se

invierte la situación, y son los padres, los hijos, los amigos, los hermanos, el marido y la

mujer quienes pierden sus rasgos definidos, su valor afectivo, empañándose ante el

avance de la muerte. Como voces que se van debilitando con la distancia, las cosas de la

tierra van perdiendo vigor a la vez que lo adquiere lo del más allá, aquello que hasta

ayer parecía tan lejano... Y un movimiento de miedo se apodera de la criatura.

Si no fuese penosa y temerosa, la muerte no sería el extremo castigo y el medio extremo

de expiación concedido al hombre. Hasta que no existió la Culpa, la muerte no fue tal

sino dormición. Y donde no hubo culpa tampoco hubo muerte, como ocurrió con María

Santísima.

Yo morí porque sobre Mí gravitaba todo el Pecado, y conocí el horror de morir.

“¡Padre!”. ¡Oh!, este Dios tantas veces no amado o amado en último lugar, después de

que el corazón amó a parientes y amigos, de que tuvo otros amores indignos con

criaturas viciosas o amó las cosas como a dioses, este Dios tan frecuentemente olvidado,

que permitió que se le olvidase, que nos dejó libres de olvidarle, que dejó hacer, que a

veces fue escarnecido, otras maldecido, otras negado, he aquí que vuelve a surgir en la

mente del hombre recobrando sus derechos. Brama: “¡Yo soy!” y para no hacernos

morir de espanto con la revelación de su poder, mitiga ese potente “Yo soy” con una

palabra suave: “Padre”.

“Yo soy tu Padre”. Y ya no es terror, sino abandono en Él, el sentimiento que despierta

esta palabra.

Yo, Yo que debía morir y comprendía lo que es morir después de haber enseñado a los

hombres a vivir llamando “Padre” al Altísimo Yahveh, os enseñé a morir sin terror

llamando “Padre” al Dios que vuelve a surgir entre los espasmos de la agonía o se hace

más presente al espíritu del moribundo.

“¡Padre!”. ¡No temáis! ¡Vosotros que morís, no temáis a este Dios que es Padre! No se

presenta justiciero, provisto de registros y de hachas, ni cínico arrancándoos de la vida y

de los afectos, sino que viene con los brazos abiertos diciendo: “Torna a tu morada. Ven

al descanso. Yo te compensaré con abundancia por cuanto dejas aquí. Y, te lo juro, en mi seno harás mucho más a favor de los que dejas aquí que no permaneciendo aquí

abajo en lucha afanosa y no siempre remunerada”.

Pero la muerte siempre es dolor. Dolor por el sufrimiento físico, dolor por el

sufrimiento moral, dolor por el sufrimiento espiritual. Debe ser dolor, lo repito, si ha de

ser el medio para la última expiación en el tiempo. Y en un fluctuar de nieblas, que

ocultan y descubren, alternándose, lo que en la vida se amó, y lo que nos hace temer el

más allá, el alma, la mente, el corazón, como nave atrapada en una gran tempestad,

pasan –de zonas tranquilas que gozan ya de la paz del inminente puerto, ya cercano,

visible y tan sereno que comunica una quietud beatífica y una sensación de reposo

semejante al de quien, a punto de dar por concluido un esfuerzo, pregusta el gozo del

próximo descanso– pasan a zonas en las que la tempestad les sacude, les azota y les

hace sufrir; aterrarse y gemir. Es de nuevo el mundo, el afanoso mundo con todos sus

tentáculos: familia, negocios; es la angustia de la agonía, es el pavor del último paso...

¿Y después? ¿Y después...? La tiniebla asalta, sofoca la luz, silba sus terrores... ¿Dónde

está ya el Cielo? ¿Por qué morir? ¿Por qué tener que morir? Y el grito borbotea ya en la

garganta: “¡No quiero morir!”.

No, hermanos míos que morís porque justo, santo es el morir al ser la voluntad de Dios.

No. ¡No gritéis así! Ese grito no viene de vuestra alma. Es el Adversario que sugestiona

vuestra debilidad haciéndooslo proferir. Transformad el grito rebelde y vil en un grito

de amor y de confianza: “Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz”. Como el arco

iris tras el temporal, es entonces cuando ese grito hace tornar la luz, la calma. De nuevo

veis el Cielo, las razones santas del morir y su premio que es retornar al Padre, y

entonces comprendéis que también el espíritu, o mejor dicho, que el espíritu tiene

derechos superiores a los de la carne porque él es eterno y de naturaleza sobrenatural y,

por eso, goza de preeminencia sobre la carne, y entonces pronunciáis la palabra que os

absuelve de todos vuestros pecados de rebelión: “pero no se haga mi voluntad sino la

tuya”.

Aquí está la paz, aquí la victoria. El ángel de Dios os ciñe y os conforta porque

ganasteis la batalla preparatoria para hacer de la muerte un triunfo.

II.“¡Padre, perdónales!”.

Es el momento de despojarse de todo cuanto supone peso para volar con mayor

seguridad a Dios. No podéis llevar con vosotros afectos ni riquezas que no sean

espirituales y buenas. Y no hay hombre que muera sin tener algo que perdonar a alguno

o a muchos de sus semejantes en muchas cosas y por múltiples motivos.

¿Qué hombre hay que llegue a morir sin haber sufrido el amargor de una traición, de un

desamor, de un engaño, de un abuso o de otro daño cualquiera de parte de parientes,

consortes o amigos? Pues bien, es la hora de perdonar para ser perdonados. Perdonar

completamente, dejando a un lado, no sólo el rencor y el recuerdo sino hasta la

persuasión de que el motivo de nuestro rencor era justo. Es la hora de la muerte. El

tiempo, el mundo, los negocios y los afectos terminan quedando reducidos a “nada”. Ya

sólo existe una “verdad”: Dios. ¿Para qué, pues, llevar más allá de los umbrales lo que

es de la parte de acá de los mismos?

Perdonar. Y, dado que llegar a la perfección del amor y del perdón –que consiste en no

decir siquiera: “con todo yo tenía razón”– es muy difícil, demasiado difícil para el

hombre, debe traspasar al Padre el encargo de perdonar por nosotros. Entregarle nuestro

perdón a Él que no es hombre, que es perfecto, que es bueno, que es Padre, para que Él

lo depure con su Fuego y se lo dé, una vez perfeccionado, a quien merezca el perdón.

Perdonar, a los vivos y a los muertos. Sí. También a los muertos que nos causaron dolor.

La muerte limó muchas aristas al disgusto de los ofendidos, a veces las quitó todas. Pero,

aún perdura el recuerdo. Hicieron sufrir y se recuerda que hicieron sufrir. Este recuerdo

pone siempre un límite a nuestro perdón. No. Ya no más. Ahora la muerte está a punto

de quitar todo límite al espíritu. Se penetra en el infinito. Hay que eliminar, por tanto,

hasta este recuerdo que pone límites al perdón. Perdonar, perdonar para que el alma no

tenga sobre sí el peso y el tormento de los recuerdos y pueda estar en paz con todos los

hermanos vivos o penantes, antes de encontrarse con el Pacífico.

“¡Padre, perdónales!”. Santa humildad, dulce amor del perdón otorgado, que

sobreentiende el perdón que se pide a Dios por las ofensas para con Él y para con el

prójimo, que tiene todo aquel que pide perdón para los hermanos. Acto de amor. Morir en un acto de amor es ganar la indulgencia del amor. Bienaventurados los que saben

perdonar en expiación de todas sus durezas de corazón y de las culpas de la ira.

III.

“He aquí a tu hijo”.

¡He aquí a tu hijo! Hacer cesión de lo que nos es querido con previsor y santo

pensamiento; abandonar los afectos y abandonarse a Dios sin resistencia. No envidiar al

que posee lo que dejamos. Con esa frase podéis confiar a Dios todo lo que más os

interesa y que abandonáis, y todo lo que os angustia, y hasta vuestro propio espíritu.

Recordar al Padre que es Padre. Ponerle en las manos el espíritu que torna a su Fuente.

Decirle: “Heme aquí. Aquí estoy. Tómame contigo porque me dono a Ti. No cedo

forzado por las circunstancias. Me dono porque te amo como hijo que torna a su padre”.

Y decirle: “He aquí. Éstos son mis seres queridos; te los entrego. Éstos son mis

negocios que alguna vez me hicieron ser injusto, envidioso del prójimo, y que hicieron

que me olvidase de Ti porque me parecían –lo eran ciertamente, si bien yo los tenía por

más de lo que eran– me parecían de capital importancia para el bienestar de los míos,

para mi honor y por el aprecio que me proporcionaban. Creí también que sólo yo fuese

capaz de administrarlos. Me creí necesario para llevarlos a cabo. Ahora veo... que eran

tan sólo una pieza insignificante en el perfecto engranaje de tu Providencia, y muchas

veces, un mecanismo imperfecto que descomponía el trabajo del organismo perfecto.

Ahora que las luces y las voces del mundo cesan y todo se va alejando, veo... siento...

¡qué insuficientes, deterioradas e incompletas eran mis obras! ¡cómo desentonaban con

el Bien! Presumí de ser „alguien‟. Tú eras quien –previsor, providente y santo–

corregías mis trabajos y los hacías útiles. Presumí. Alguna vez incluso dije que no me

amabas porque no me acompañaba el éxito en lo que emprendía, como a aquellos a los

que yo envidiaba. Ahora lo veo. ¡Ten compasión de mí!”.

Humilde abandono, pensamiento agradecido de la Providencia como reparación de

vuestras presunciones, avideces, envidias y sustituciones de Dios con pobres cosas

humanas y con gula de toda suerte de riqueza.

IV.“Acuérdate de mí”.

Habéis aceptado el cáliz de la muerte, habéis perdonado y cedido lo que era vuestro,

incluso hasta a vosotros mismos. Habéis mortificado mucho el yo humano y liberado al

alma de lo que desagrada a Dios: del espíritu de rebeldía, del espíritu de rencor y de

codicia. Habéis cedido al Señor la vida, la justicia, la propiedad, la pobre vida, la más

pobre justicia y las tres veces pobres propiedades humanas. Nuevos Jobs, os encontráis

desfallecidos y despojados ante Dios. Entonces podéis decir: “Acuérdate de mí”.

Ya no sois nada. Ni salud, ni arrogancia, ni riqueza. No sois dueños ni de vosotros

mismos. Sois oruga con posibilidad de convertiros en mariposa o de pudriros en la

cárcel del cuerpo causando una postrer herida a vuestro espíritu. Sois fango que torna al

fango o fango que se transforma en estrella según prefiráis descender en la cloaca del

Adversario o ascender en el vórtice de Dios. La última hora decide la vida eterna.

Recordáoslo. Y gritad: “¡Acuérdate de mí!”

Dios aguarda aquel grito del pobre Job para colmarle de bienes en su Reino. Para un

Padre es dulce perdonar, intervenir y consolar. En cuanto que escucha este grito, os dice:

“Hijo, estoy contigo. No temas”. Pronunciad esta palabra a fin de reparar las veces que

os olvidasteis del Padre o fuisteis soberbios.

V.

“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

A veces parece que Dios abandona. Pero sólo se ha escondido para que aumente la

expiación y conceder así mayor perdón. ¿Puede el hombre lamentarse de ello con ira

cuando él abandonó infinitas veces a Dios? Y ¿debe desesperarse porque Dios le pruebe?

¡Cuántas cosas pusisteis en vuestro corazón que no eran Dios! ¡Cuántas veces fuisteis

indolentes con Él! Con cuántas cosas le rechazasteis y echasteis de vosotros! Llenasteis

vuestro corazón de todo y después lo cerrasteis echándole el cerrojo porque temíais que

Dios, si entraba, pudiera turbar vuestro quietismo indolente y purificar su templo

echando de él a los usurpadores. ¿Qué os importaba de Dios mientras fuisteis felices?

Os decíais: “Tengo ya de todo porque me lo he ganado”. Y cuando no fuisteis felices

¿acaso no huisteis de Dios culpándole de vuestro mal?¡Oh! hijos injustos que bebéis el veneno, que os introducís en los laberintos, que os

arrojáis a los precipicios, a las guaridas de las serpientes y otras fieras y después decís:

“Dios tiene la culpa”. Si Dios no fuese Padre y Padre santo, ¿qué habría de responder a

vuestro lamento de las horas dolorosas cuando en las horas felices os olvidasteis de Él?

¡Oh! hijos injustos que, llenos de culpas como estáis, pretendéis ser tratados como no lo

fue el Hijo de Dios en la hora del holocausto. Decid, ¿quién estuvo más abandonado?

¿No fue acaso Cristo, el Inocente, quien para salvar aceptó el abandono total de Dios

tras haberle amado activamente siempre? ¿No lleváis acaso vosotros el nombre de

“cristianos”? Y ¿no tenéis el deber de salvaros siquiera a vosotros mismos? En la turbia

desidia, que se complace en sí misma y teme las molestias de acoger al Activo, no hay

salvación.

Imitad pues a Cristo, lanzando este grito en el momento de mayor angustia. Pero haced

que la nota del grito sea nota de mansedumbre y de humildad, no un tono de blasfemia

ni de reproche. “¿Por qué me has abandonado Tú que sabes que sin Ti nada puedo? Ven

Padre, ven a salvarme, a infundirme fortaleza para salvarme a mí mismo, porque son

horribles las apreturas de la muerte y el Adversario acrecienta ingeniosamente su poder

susurrándome que Tú ya no me amas. Déjate oír, Padre, no por mis méritos, sino

precisamente porque soy una nada sin valor alguno que no sabe vencer si está sólo, y

que ahora comprende que la vida era trabajo para ir al Cielo”.

Está dicho: ¡Ay de los que se encuentran solos! ¡Ay de quien está sólo en la hora de la

muerte, solo consigo mismo contra Satanás y contra la carne! Pero no temáis. Si llamáis

al Padre, Él acudirá. Y este humilde invocarlo expiará vuestras culpables torpezas para

con Dios, vuestra falsa piedad y los desordenados amores del yo que os hacen

indolentes.

VI.

“Tengo sed”.

Sí, verdaderamente, cuando se ha entendido el verdadero valor de la vida eterna

respecto del falso metal de la vida terrena, cuando se ha aceptado como santa

obediencia la purificación del dolor y de la muerte, cuando en pocas horas, o en pocos

minutos tal vez, se ha crecido en sabiduría y en gracia ante Dios más de cuanto se hubiera crecido en muchos años de vida, viene una sed profunda de aguas celestiales, de

cosas celestiales. Están vencidas las lujurias de toda la sed humana, pero viene la sed

sobrenatural de poseer a Dios. La sed del amor. El alma aspira a beber el amor y a ser

absorbida por él. Como el agua de lluvia que cae al suelo y no quiere convertirse en

fango sino tornar a ser nube, así ahora el alma tiene sed de subir al lugar del que

descendió. A punto de quedar rotos los muros carnales, la prisionera percibe ya las auras

del Lugar de origen y lo anhela con todo su ser.

¿Cuál es el peregrino exhausto que, viendo ya próximo, tras largos años, el lugar nativo,

no concentra todas sus fuerzas y prosigue veloz, tenaz, despreocupado de todo lo que no

sea llegar al sitio del que un día partió dejando en él su verdadero bien que ahora está

seguro de recobrar y de gustar mucho más, dada la experiencia que tiene del pobre bien

que no sacia y que encontró en el lugar del exilio?

“Tengo sed”. Sed de Ti, mi Dios. Sed de tenerte. Sed de poseerte. Sed de darte. Porque

en los umbrales entre la Tierra y el Cielo se sabe ya entender, como se debe, el amor al

prójimo, y viene un deseo de actuar para dar a Dios al prójimo que dejamos. Es la santa

laboriosidad de los santos que, cual granos muertos convertidos en espiga, se desbordan

en amor para proporcionar amor y hacer que ame a Dios aquel que aún está

debatiéndose en las luchas de la Tierra.

“Tengo sed”. Una vez llegada el alma a los umbrales de la Vida, no hay más que un

agua que sacie: el Agua viva, Dios mismo. El Amor verdadero: Dios mismo. Amor

contrapuesto al egoísmo.

El egoísmo murió en los justos antes que la carne y el que reina en ellos es el amor que

grita: “Tengo sed de Ti y de almas. Salvar. Amar. Morir para gozar de la libertad de

amar y de salvar. Morir para nacer. Dejar para poseer. Rechazar toda dulzura, todo

consuelo, porque todo lo de aquí abajo es vanidad y lo que el alma tan sólo quiere es

anegarse en el río, en el océano de la Divinidad, beber de Ella, estar en Ella sin tener

más sed, al acogerle la Fuente del Agua de la Vida”. Hay que tener esta sed en

reparación del desamor y de la lujuria.

VII.

“Todo está cumplido”.Todas las renuncias, todos los sufrimientos, todas las pruebas, las luchas, las victorias,

las ofrendas: todo. Ya sólo resta presentarse ante Dios. Concluyó el tiempo concedido a

la criatura para llegar a ser un dios, lo mismo que el concedido a Satanás para tentarla.

Cesa el dolor, cesa la prueba, cesa la lucha. Quedan únicamente el juicio y la amorosa

purificación, o llega de inmediato la bienaventurada morada del Cielo. Cuanto es Tierra

y voluntad humana llegó a su fin. ¡Todo está cumplido! Ésta es la palabra de la

completa resignación o del gozoso reconocimiento de haber terminado la prueba y

consumado el holocausto.

No me refiero aquí a los que mueren en pecado mortal, quienes no dicen: “todo está

cumplido”, sino que, con un grito de victoria y un llanto de dolor, lo dicen por ellos el

ángel de las tinieblas, victorioso y el ángel de la guarda, vencido.

Me refiero a los pecadores arrepentidos, a los buenos cristianos o a los héroes de la

virtud. Éstos, cada vez más vivos en su espíritu al tiempo que la muerte se apodera de la

carne, murmuran o gritan, resignados o gozosos: “Todo está consumado. El sacrificio ha

terminado. ¡Tómalo como expiación mía! ¡Tómalo como mi ofrenda de amor!” Así

dicen los espíritus con la penúltima palabra, según sea que sufran la muerte por ley

común o, como almas víctimas, la ofrezcan en voluntario sacrificio.

Pero tanto unas como otras, una vez llegadas a la liberación de la materia, reclinan su

espíritu en el seno de Dios diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

“María, ¿sabes lo que supone expirar con esta elevación hecha viva en el corazón? Es expirar en el beso

de Dios. Hay muchas preparaciones para la muerte. Mas, créeme, ésta, basada en mis palabras, es, dentro

de su sencillez, la más santa de todas”.